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Crear es la forma más honesta de decirle sí a la vida

Hay una pregunta que me ha acompañado durante años, y que me sigo haciendo: ¿crear me hace más humano, o ser más humano me hace crear? Después de muchos años acompañando procesos creativos, creo que las dos cosas son ciertas al mismo tiempo — y que la respuesta cambia todo.


Hay algo que me pasa cada vez que alguien termina un proceso en la Escuela. No es que salgan con más técnicas o más ideas —aunque eso también ocurre. Es otra cosa. Hay un brillo diferente. Una forma de hablar de su propia vida que no tenían antes. Como si hubieran recordado algo que sabían pero habían olvidado debajo de la agenda.


Durante mucho tiempo no supe cómo llamar a eso. Hoy creo que la palabra más cercana es alegría. No la alegría efímera de un buen momento, sino algo más profundo: una sensación de estar en el lugar correcto, haciendo lo que se hace con una razón que va más allá de la utilidad.

Este ensayo es sobre eso. Sobre la relación que he observado —en mí y en las personas con quienes trabajo— entre el acto de crear, la alegría que no depende de las circunstancias, y el sentido de una vida.


Es, también, el artículo más personal que escribo en este blog. El lector que busca una lista de tips puede cerrar aquí con todo mi respeto. El que tiene ganas de pensar —de verdad— esto va para ti.


Viktor Frankl y la pregunta que lo cambió todo


Viktor Frankl era psiquiatra en Viena cuando fue deportado a los campos de concentración nazis. Perdió a casi toda su familia. Sobrevivió cuatro campos, incluyendo Auschwitz. Y de esa experiencia —la más extrema que pueda imaginar— sacó una conclusión que revolucionó la psicología del siglo XX.


No fue sobre el trauma. No fue sobre la resiliencia entendida como rebote. Fue sobre el sentido.

Frankl observó que quienes sobrevivían con mayor integridad psicológica no eran necesariamente los más fuertes físicamente, ni los más inteligentes. Eran quienes podían encontrar, incluso en el horror, una razón para seguir. Un proyecto. Una persona esperándolos. Un trabajo que solo ellos podían hacer.



"Al ser humano se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino." El sentido, concluye Frankl, no se encuentra. Se construye. Y se construye, sobre todo, a través de lo que creamos y de lo que amamos. Viktor Frankl — El hombre en busca de sentido (1946)

Lo que me interesa de Frankl no es el contexto extremo —ojalá ninguno de nosotros lo conozca. Me interesa la estructura de su argumento: el sentido no viene de afuera. No te lo dan las circunstancias favorables, ni el éxito, ni la aprobación de los demás. Viene de adentro, de la relación activa que estableces con tu propia vida.

Y crear —crear en el sentido más amplio: una idea, un proyecto, una conversación, un espacio, una forma de vivir— es uno de los caminos más directos que conozco hacia ese sentido.



Erich Fromm: el amor y la creación como actos equivalentes


Erich Fromm —psicoanalista, filósofo, uno de los pensadores más lúcidos del siglo pasado— propuso algo que sigo digiriendo años después de haberlo leído por primera vez: que el amor y la creatividad son, en su estructura profunda, el mismo acto.

Ambos requieren salir de uno mismo. Ambos implican un interés genuino en algo que no eres tú. Ambos demandan presencia, no control. Y ambos, cuando se ejercen desde un lugar de libertad interior —no desde el miedo ni desde la obligación— producen esa sensación que Fromm llamaba vitalidad: la experiencia de estar plenamente vivo.



"El amor y el trabajo son los pilares de nuestra humanitud." Y en otro lugar: "La creatividad es la capacidad de ver el mundo con ojos nuevos." Para Fromm, ambas —amar y crear— son formas activas de existir. Lo contrario no es el odio ni la ignorancia: es la pasividad, el modo automático, la vida que transcurre sin ser vivida. Erich Fromm — El arte de amar (1956)

Lo que Fromm describe como «ver el mundo con ojos nuevos» es exactamente lo que Maslow llamaba frescura de percepción en sus personas autorrealizadas. Es esa capacidad —que los niños tienen de forma natural y los adultos vamos perdiendo bajo capas de rutina y expectativas— de encontrar algo genuinamente interesante en lo ordinario.

Y lo que me fascina es que esa capacidad no desaparece. Se duerme. Y puede despertarse.



Flow: cuando crear y vivir son la misma cosa


Mihaly Csíkszentmihályi dedicó décadas a estudiar lo que él llamó flow: ese estado de absorción total en una actividad en el que el tiempo se distorsiona, el sentido del yo se disuelve temporalmente, y la persona experimenta algo que la mayoría describe como la sensación de estar más viva que de costumbre.


Csíkszentmihályi entrevistó a miles de personas en todo el mundo —cirujanos, músicos, escaladores, cocineros, monjas, jugadores de ajedrez— y encontró algo que cruzaba todas las culturas y todas las actividades: el flow no depende de lo que haces. Depende de la relación entre el nivel de desafío y el nivel de habilidad. Y depende, fundamentalmente, de la calidad de la atención.

"La mejor experiencia ocurre cuando el cuerpo o la mente de una persona se ha esforzado voluntariamente hasta sus límites en un intento de lograr algo difícil y que valía la pena. La experiencia óptima es algo que logramos que ocurra." No es un regalo. Es una práctica. Mihaly Csíkszentmihályi — Flow: The Psychology of Optimal Experience (1990)

Lo más revelador de la investigación de Csíkszentmihályi es esto: las personas en estado de flow no reportan felicidad en el sentido convencional —de hecho, durante el flow no piensan en si son felices o no. Pero cuando miran hacia atrás, describen esos momentos como los más significativos y satisfactorios de sus vidas.

La alegría profunda, la que no depende de circunstancias externas, parece residir precisamente en esos momentos: cuando estamos tan presentes en lo que hacemos que dejamos de ser espectadores de nuestra propia vida y nos volvemos, por un momento, su protagonista pleno.


«La alegría más duradera que conozco no viene de conseguir algo.Viene de estar completamente en el acto de crear.En ese momento, la vida no se explica — se experimenta.»

Lo que observo en el trabajo: tres patrones consistentes


En tantos años de trabajo con personas en procesos creativos me han dado algo que ningún libro puede dar completamente: datos cualitativos de primera mano. He observado patrones que se repiten con independencia de la edad, la profesión o el punto de vida de quien llega a la Escuela.

El primero: quienes crean desde la obligación —para cumplir, para gustar, para demostrar— terminan las sesiones agotados. El proceso los vacía. El resultado puede ser bueno, pero algo en ellos está más pequeño al final.


El segundo: quienes crean desde la curiosidad genuina —porque algo los llama, porque una pregunta los mueve, porque hay algo que quieren entender o expresar— terminan con más energía de la que tenían al empezar. El proceso los llena. Algo en ellos está más grande.


El tercero, y este es el que más me mueve: en el momento en que alguien hace contacto con su propio proceso creativo —sin juicio, sin urgencia de resultado— hay un instante en que su cara cambia. No es euforia. Es otra cosa. Es algo más parecido al reconocimiento. Como si se reencontraran con algo que sabían pero habían olvidado.

Creo que eso que se reconoce es el sentido. O más precisamente: la capacidad de construir sentido, que es la facultad más específicamente humana que conozco.


La alegría que no depende del resultado


Hay una trampa en la que caemos con frecuencia, y yo he caído en ella muchas veces: confundir la satisfacción del resultado con la alegría del proceso.

El resultado es importante. No lo voy a minimizar. Pero la alegría incondicional —la que Frankl veía en quienes mantenían su dignidad en las condiciones más extremas, la que Fromm describía como vitalidad, la que Csíkszentmihályi documentó en el flow— esa alegría no está en el resultado. Está en el acto de crear en sí mismo.


Está en el momento en que tienes una idea y algo en tu interior se enciende. En la sensación de que una pieza encaja. En el instante de escribir una frase que no sabías que tenías adentro. En ver cómo algo que no existía empieza a existir por tu mano.

Esa alegría no requiere que el resultado sea perfecto ni que alguien lo valore. Es anterior al juicio. Es la alegría de estar plenamente vivo en el acto de crear.


Una distinción que cambia todo

Crear por resultado: la alegría depende de si el producto es bueno, si gusta, si tiene éxito. Es frágil, condicional, agotadora.Crear por proceso: la alegría está en el acto mismo. El resultado es bienvenido, pero no es la fuente. Es sostenible, renovable, profunda.La creatividad consciente no elimina el deseo de buenos resultados. Enseña a no depender de ellos para sentir que vale la pena crear.



El sentido no se encuentra: se crea


Vuelvo a Frankl para cerrar. Hay una frase suya que releo cada cierto tiempo porque me parece que contiene algo que no se dice suficiente: el sentido no se encuentra como si fuera un objeto perdido que está en algún lugar esperando que lo hallemos. El sentido se construye. Se crea. Se teje, momento a momento, en la relación activa que tenemos con nuestra propia existencia.

Y si el sentido se crea —si es, en su estructura más profunda, un acto de creatividad— entonces la creatividad no es un lujo ni un hobby ni una habilidad técnica opcional. Es una necesidad existencial. Es la capacidad de hacer de nuestra vida algo propio, algo que no sea simplemente el resultado de las circunstancias que nos tocaron.


Eso es lo que creo que está en juego cuando alguien dice «quiero ser más creativo». Detrás de esa frase, casi siempre, hay algo más profundo: quiero que mi vida se sienta más mía. Quiero hacer algo que tenga sentido. Quiero dejar de vivir en piloto automático y empezar a vivir de verdad.


No tengo una respuesta definitiva a esa búsqueda. Pero sí tengo una convicción, construida en siete años de trabajo: el camino empieza por volver a crear. No para producir. No para impresionar. Sino para recordar quién eres cuando estás completamente presente en lo que haces. Esa es la alegría de la que hablo. Incondicional porque no depende del afuera. Profunda porque viene de lo más tuyo que tienes.


Práctica para esta semana · Encontrar tu momento de flow


1. Recuerda tres momentos en tu vida en que estuviste tan absorto en algo que perdiste la noción del tiempo. Pueden ser recientes o de hace años. No importa si eran «productivos» según el mundo. Escríbelos.


2. Busca el patrón. ¿Qué tenían en común esos momentos? ¿Qué actividad estabas haciendo? ¿Qué tipo de desafío? ¿Qué condiciones (silencio, soledad, música, movimiento)?


3. Esta semana, crea deliberadamente las condiciones para que uno de esos momentos ocurra. Aunque sea por 20 minutos. No para producir un resultado — solo para estar en ese estado.



Referencias

· Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder.

· Fromm, E. (1956). El arte de amar. Paidós.

· Fromm, E. (1976). ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica.

· Csíkszentmihályi, M. (1990). Flow: The Psychology of Optimal Experience. Harper & Row.

· Csíkszentmihályi, M. (1996). Creativity: Flow and the Psychology of Discovery. HarperCollins.

· Maslow, A. H. (1973). Motivation and Personality. Harper & Row.




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